Aunque durante la escritura de un diario el único lector ideal sea el autor en ese presente, se olvida o se deja de lado la posibilidad de otro lector futuro. Un yo que ya no es yo. Al volver a los diarios nada constantes de mi adolescencia, me pregunto si alguna vez pensé en que me leería 15 años más adelante; como si al conservar ese objeto llamado diario, estuviera convencida de que todo aquello que sentía o pensaba era digno de perdurar. En todo caso, no creo que la vergüenza que siento ahora al leerme la hubiera planteado como una posibilidad.
Me apena que el primer impulso al leer esas confesiones antiguas fuera rechazo. Conociéndome, en ese entonces, me habría enrabiado que alguien se burlara de mis ideas. Y con mucha razón. Pienso en mis cuadernos de los últimos años. Durante las relecturas de mis confesiones recientes, me pregunto si acaso la yo de 15 años en el futuro sentirá igualmente rechazo y, pese a eso, como hago ahora leyendo el pasado, buscará hacer las paces para comprender su presente.
La adolescencia es una etapa a la que evitamos volver, preferimos dejarla enterrada en lo más recóndito de la casa familiar o desaparecer todo rastro de ella. Y lo entiendo: al confrontarla nos incomoda un yo que ahora nos parece intenso, ridículo, dramático, insoportable, necio, nada más diferente que ser un adulto que con los años, en el mejor de los casos, ha aprendido a contener o canalizar esa intensidad, ridiculez, dramatismo, insufribilidad y necedad. No regresamos al “archivo adolescencia” por temor a la vergüenza sobre una etapa en que las hormonas nos hacían incomprensibles e incontrolables. Nada más caótico que dejar de ser infancia para anhelar, con todas nuestras fuerzas, llegar por fin a ser adultos, etapa que prometía independencia —solo para darnos cuenta que es un engaño y esa dichosa autonomía no es precisamente lo que creíamos que sería—.
Panza de burro (2021) de Andrea Abreu, nos recuerda lo doloroso que es transitar entre la supuesta edad de la inocencia y la del descubrimiento de nuevas sensaciones y verdades dichas a medias o desconocidas: el deseo, el cambio corporal, la sexualidad, la crueldad de las amigas (que son así porque también están cambiando) y de los hombres. La novela se configura como un pacto entre mujeres que crecieron a principios de los 2000, aunque la geografía de las Islas Canarias sea abismalmente opuesta, nos hermanan sensaciones y dudas que solo se viven a esa edad con ese nivel de intensidad. La protagonista se confronta mientras ve cómo a Isora, su mejor amiga, le van quedando pequeñas las limitantes de ser niña y se entrega fácilmente a impulsos que apenas va descubriendo. Así como Lenù ante la rebeldía e insensatez de Lina, en La amiga estupenda (2011) de Elena Ferrante; o Mary Jo, en la novela homónima de Ana Pessoa (2018), cuando recién conoce a una muchacha dos años mayor que ella que ya menstrua, sus senos son grandes y su mejor amigo se enamora de ella.
Asimismo, estas obras dialogan con las primeras violencias que trae consigo “ser diferente” a los demás, ya sea por la personalidad y el cuerpo, o por tener las primeras interacciones sociales con otros adolescentes que tampoco se comprenden a sí mismos y con adultos que se aprovechan del entusiasmo por crecer. Aunado a esto, en México, las adolescentes protagonizan no una ficción, sino una narrativa real y creciente que amenaza su integridad y sus vidas todos los días.
Este tipo de literatura, las llamadas historias de crecimiento, retoman temas comunes para un conjunto de seres humanos —los vínculos, la violencia, la menstruación, el cuerpo, el asco, el deseo, el placer, la sexualidad, el crecimiento, la identidad de género, las transiciones—, y nos recuerdan que su exploración también se puede dar a partir de relatos sobre los intercambios de discos quemados y nuevos, la identificación con otras fans de boy bands y estrellas del pop, la descarga ilegal de películas y música con torrents, la invención de la selfie, las travesías por los pasillo de Blockbuster, las experiencias de lectura de sagas como Divergente (2011-2013) y Crepúsculo (2005-2008), y de revistas juveniles; primeras interacciones con desconocidos en redes sociales, fiestas en las que nadie sabe qué hacer.
En este número de Página Salmón, les invitamos a volver a ese lugar intocable, lleno de vacíos memorísticos, olvidados a propósito, a la vez que años vívidos, recordándonos la construcción de nuestra identidad y de que el mundo avanza a una velocidad cada vez mayor. Recibiremos colaboraciones que le den, en conjunto, una oportunidad para comprender el presente colectivo que se acelera hacia el futuro. No como antes, cuando la ropa, la música, las series, los videojuegos duraban más y eran muchos menos; les convocamos a reseñar sus experiencias con esos artefactos, publicados hace 20 o 30 años. Revisitemos ese mundo en el que crecimos y al que no volveremos, dentro de un nuevo mundo en el que se construyen, a su vez, nuevas adolescencias, que ya no se parecen a las de antes, ni serán como las de después.
